| Las Etiquetas en la Mente de los Maestros. |
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| Escrito por Antonio Rada García | ||||||
| viernes, 28 de septiembre de 2007 | ||||||
Las etiquetas en la Mente de los Maestros"Si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno, ni es bueno el maestro" Proverbio Chino El ser humano en su ámbito normal, crea etiquetas para el manejar la información de la cual está rodeada. Desde la concepción del nombre, la edad que posee, teléfonos, direcciones, números que estamos rodeados, colores y formas diversas. Esto es de utilidad para la clasificación de la información de diversa índole, pero, ¿Qué ocurre cuando ocupamos ésta para clasificar el desempeño de los niños y/o adultos sólo por la morfología del individuo y/o ciertos rasgos de su personalidad? Unos años atrás, cuando tuve la oportunidad de laborar como profesor en varias escuelas de educación Primaria y Secundaria, (impartiendo la materia de Educación Tecnológica), recibí un comentario de varios compañeros que en ese momento me dejaron sin hablar: “No te preocupes, esos niños no tienen remedio, sólo enfócate a los que te decimos, los demás no aprenderán”.
Cuando terminó el comentario, pregunté de bajo qué parámetros tenían esa información, me mostraron las calificaciones de años pasados, así como las expedientes de conducta de los niños en cuestión. A raíz de este comentario, preferí darle más atención a las personas que no habían tenido un desempeño adecuado en la escuela, partiendo de la idea de que si el alumno no satisface sus curiosidades innatas, no aprenderá los objetivos necesarios para obtener una calificación aceptable.
El experimento dio resultado, ya que los alumnos que eran “avanzados” no necesitaban tener mi presencia para realizar sus labores, y/o estudiar, así que no se vieron afectados en su rendimiento. En cambio, varios de los que tenían un rendimiento bajo, aumentaron de forma notable su desempeño escolar. Este y otros procesos en mi existencia me han llevado a la reflexión de las razones por las cuales los alumnos realmente no aprenden, es acaso por una deficiencia del alumnado, una carencia de información con respecto de los temas que se tiene que cubrir en clase, o es una cuestión inconsciente de colocar una etiqueta determinada a los alumnos y a partir de ella “otorgar” calificaciones, sin descubrir o alimentar la curiosidad innata del alumnado.
Probablemente se preguntaran qué tipo de estimulo proporcione a los alumnos, y realmente no fueron grandes, el único consistente fue el conversar con ellos, el que se sintieran (algunos por primera vez) motivados por aprender un poco de historia, matemáticas y cuestiones culturales en un ámbito diferente al que tenían acostumbrados.
Dejé que experimentaran el ir a una Biblioteca con un objetivo en específico y que por experiencia sabía que les resultaría complicado encontrarlo… Que dejaran de depender de las monografías clásicas, de las enciclopedias estándares. Vieron la historia no como el resultado de un efecto visto hasta hoy, si no como la concatenación de visiones y pasiones de los forjadores de la misma. Les quité la visión de “esas personas” como personajes salidos de libros, y que observaran que eran seres humanos, que sintieran sus ideas, miedos, pasiones y visiones que transformaron el mundo. Permití que se exploraran como estudiantes, dejé que ellos mismos vieran su potencial, que no vieran limites a sus ideas, preguntas y concatenaciones de su conocimiento, no les enseñaba, los guiaba en las ideas que debíamos cubrir e incitaba para que fueran más allá de los libros, que se imaginaran más de una forma de ver el mundo. No faltaron los padres que se preocuparon por no “colocar” una visión rígida de lo que deberían de hacer, para “alcanzar” un diez, para cumplir con una idea concreta de que era lo correcto para aprender.
No faltó el alumno que creyendo que estaba bien, no se compenetró en el estudio y dejó algunos reactivos por llenar al final del curso, pero aprendió en el camino, que su trabajo era el que hablaba por él. No faltaron los maestros, colegas de profesión que se disgustaron por esa forma tan poco ortodoxa de enseñanza, que reprimieron sus impulsos de “calificar” mi trabajo. Y al final del curso observé algo diferente en esas personas que se les permitió ser ellas, aprender a sus ritmos y formas, se hicieron responsables de ellas mismas, dejaron de culpar al profesor, no colocaron etiquetas a las materias, y permearon de mejor forma el conocimiento que los acostumbrados a sacar siempre 10.
Recuerdo vívidamente el caso de una niña, que a principio de clases se sentía satisfecha de sacar 7 en las materias, ya que sus padres solamente deseaban que pasara de año, y al platicar con ella, observo que podía dar más, rendir de mejor forma. Cuando observo que la única diferencia entre conformarse con un 7 y un 9 era exactamente el conformarse con algo, dejo de ser persona de 7 y se convirtió en una estudiante de conciencia, que interrogaba, comprendía y analizaba todo, y al final del curso dejó de preocuparse por pasar de año... ya que las calificaciones de excelencia llegaron solas.
Es por esta causa, a ti maestro, padre de Familia o alumno te pregunto, ¿Qué etiquetas colocarás este año escolar?, ¿Te las colocaras tú? ¿A los que te rodean?, ¿A las materias? O ¿Simplemente a tu capacidad de asombrarte ante la vida? ¿Acaso no funciona el sistema?, ¿Es que es mejor tener un pretexto en la vida para no intentarlo? O ¿Acaso te angustia que te agrade el llegar a ser quien eres?
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