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TEMA: Reinventando a Circe
#155
Reinventando a Circe 3 Años, 6 Mess ago Karma: 0  
Él contuvo la respiración.

Ella estaba frente a él. Había vivido eones sin que su belleza se corrompiera, pues por sus venas corría la sangre de los dioses. Oculta en su hogar de piedra y rodeada por hediondos animales que sólo ansiaban comer, aparearse y revolcarse en el barro, relumbraba como la plata pulida bajo el sol.

Su atuendo era sencillo: una túnica blanca y un brazalete dorado en el antebrazo izquierdo. No llevaba más adornos, no los necesitaba. Caminaba sin sandalias; pues aunque odiara a los hombres amaba sentir los latidos de la Madre Tierra. Sonreía, un gesto entre la alegría y la amargura; si conseguía apartar sus ojos de los de ella - ojos verdes, ácidos, como los de Medusa, capaces de petrificar - tal vez pudiera deleitarse en sus labios.

- Bienvenido a mi hogar, Odiseo-.

La voz no desmerecía el rostro. Sin embargo, no pudo evitar pensar en Penélope. No con vergüenza, por admirar a otra, no con miedo a que Penélope leyera en sus ojos que él a lo largo de los años no había sido fiel, sino por recordar que antes de ver colmados sus deseos, Penélope para él era la más bella mujer, con cientos de hombres a sus pies, la más misteriosa, y en cierto sentido, el corzo blanco a abatir, la Artemisa la que iniciar en el placer. Penélope había muerto desde que fue desposada; porque una mujer es sólo mujer antes de convertirse en esposa.

Ahora Penélope es un sueño. No. El sueño es volver a Ítaca. Que Penélope le espere sólo le da la excusa para incitarle a luchar, a buscarla; él es un hombre de acción y ella la reina de su reino y la encarnación de lo que toda griega desea ser... por eso jamás volverá a competir por ella ante cien rivales, sin duda sería el ganador, pues, aunque casi todo puede arrebatársele a los hombres, se sabe dueño irrevocable de su alma.

Circe se puso en pie, tomó una copa y la apoyó, delicadamente, en los labios de Odiseo.

- Bebe; descansa; sé feliz-


El arrullo era sugerente, como el canto de las sirenas, famoso por llevar a los marineros a la destrucción. Ya una vez había sobrevivido a ellos.

Tras inspirar profundamente, bebió. Circe, expectante por ver revelarse ante sí la auténtica naturaleza de aquel hombre de quien se contaban tantas hazañas, esperaba el evento, pero no sucedió nada.

Odiseo sacó su espada. ¡Qué sensación calentó sus músculos cuando apoyó al fin la punta de su espada en su garganta!

- Devuelve a mi tripulación a su ser ¡júralo!... ¡o acabaré contigo!-

El cuerpo de él estaba perlado por pequeñas gotas de sudor que daban brillo a una piel curtida por el sol y por las luchas. Sólo con la mirada parecía capaz de desvanecer la fina túnica que apenas la cubría. Reconoció en sus iris, que de tan oscuros eran casi indistinguibles de las pupilas, con una crueldad sólo semejante a la de la famosa bruja. También el deseo.


- Lo juro, pero responde, ¿Por qué no has cambiado?.

- Sinceramente, ni yo mismo lo sé-

Circe cumplió su juramento. Todos aquellos hombres que merecían haber quedado convertidos en bestias volvieron a su forma original, si bien, como dijo ella para sus adentros, siempre habían sido bestias; la forma era lo de menos.

Un mes o un año, pues el tiempo es caprichoso, debió soportar Circe a esa vil tripulación en su casa, como si fueran invitados de honor; fue el precio que tuvo que pagar por retener a Odiseo junto a ella, en su lecho, en su vida.

- Tú no me amas - acostumbraba él a torturarla- no me amas tanto como yo a ti. Te trato como a una esposa ante mis hombres y, de no ser por mí, cualquiera de ellos te forzaría.

- Tú no me amas- respondía ella, solemne- no me amas tanto como yo a ti. Me arrebataste mi libertad y mis poderes, como si fuera una vulgar esposa, de las que esperan en vano a alguien que no valora su tiempo, su sacrificio, como a una Penélope cualquiera.

Otras veces paseaban de la mano frente al mar. Odiseo sabía que Circe allí tenía parientes.

- ¿Por qué no me los presentas? - le pedía- Sabes que estoy acostumbrado a tratar con las ninfas y los dioses; ¿Por qué no reír, orgullosos, dándonos la mano ante ellos?-

Ella siempre ignoraba esa petición. ¿Acaso él quería realmente una respuesta? No, Odiseo quería que ella misma le proporcionara las armas para arrojarla a las fauces de Escila; para comprometerla ante los suyos, demostrando que también las mujeres malvadas pueden convertirse en ruiseñores amaestrados para retener a un hombre, y, de camino, conseguir el tan necesario favor de Poseidón.

En ocasiones, él cambiaba la estrategia; dejando de azuzarla, convirtiendo sus provocaciones constantes en dulzura, "deja tu hogar, vente conmigo"- le rogaba entonces - "apartaré a mi esposa de mi trono, abriré las puertas de mi palacio para ti; ¡serás reina! y me engendrarás príncipes y princesas cuyo valor y belleza cantarán los poetas".

¡Cuánto anheló abandonar su Isla, el pesado honor de ser Circe, convertirse sólo en esposa y consumirse, lentamente, como una estrella! Pero los años la hacían sabia y conocía su condena, que en su nacimiento había desvelado el Oráculo de Delfos...

Sólo te amarán cuando les so_meta_s, cuando doblen la mirada y te persigan como cachorros asustados. Tú los despreciarás.
Y tú sólo amarás cuando Él se resista a tu influjo, espoleando tu curiosidad y tu imaginación. A ése te entregarás, pero tu propio amor y tu necesidad de él le empujarán a la huida.

Odiseo comprendió que no la haría ceder...

- No me presentas a los tuyos. No deseas acompañarme. No me amas, Circe, no me amas. Si me amaras las cosas serían diferentes. Ante esto, sólo daré instrucciones a mi tripulación, prepararé el barco y volveré a casa-

-No te amo. Habéis sido unos huéspedes molestos; unos días más y acabáis con mis provisiones. No se os ocurra regresar a mi isla-

Y se alejó, con la remota esperanza de haber burlado a la profecía con esas palabras tan opuestas a sus sentimientos, pero fracasó. Odiseo zarpó sin mirar atrás hacia Penélope, hacia Ítaca, desterrando de sí cualquier recuerdo y cualquier emoción que pudiera ligarle de nuevo a Circe.

Se cumplió la profecía.
 
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