TelegenioQuiénes SomosMisiónObjetivosValoresContactar
Menú principal
Inicio
Noticias
Enlaces
Buscar
Preguntas Frecuentes
Foros de Telegenio
Mapa de Sitio
Advertisement
Foros de la Fundación Telegenio A.C.
Bienvenido(a), Invitado(a)
Por favor Ingresa o Regístrate.    ¿Perdiste tu contraseña?
Ir al fondo Publicar respuesta Favorito: 0
TEMA: Entre cartones...
#154
Entre cartones... 3 Años, 6 Mess ago Karma: 0  
Entre cartones, con la tenue vigilancia de la cámara de seguridad de un cajero automático, dormía una mujer. Imposible adivinar con una leve ojeada el color de su ropa. Su sueño no era silencioso, se notaba que el tabaco era el único vicio que podía permitirse. No era anciana, sus cabellos grises son los propios de quien, habiendo vivido tanto, no puede permitirse pedir tregua a sus años con un tinte, ropa cara o maquillaje. El mundo de la mujer es muy protésico.

Los huesos dolían. No acababa de acostumbrarse a dormir en el suelo. Nadie se acostumbra nunca a dormir en el suelo. Catorce años atrás era una mujer respetable, con marido e hijos respetables, de las que todos los domingos iban a la iglesia, cuya única preocupación era ser señora de su casa, mantener sus relaciones sociales y preocuparse por el porvenir de su prole.

Un día su marido la abandonó por una cubana voluptuosa; aunque hubiera dado lo mismo que la cambiara por una rusa felina, una checoslovaca melenuda o una pelirroja teñida y curvilínea del patrimonio nacional. Los hombres, con la globalización, diversifican sus gustos; pero la naturaleza del viejo verde no cambia y la de las lagartas tampoco. Llega la pitopausia, que existe, y comienzan a preguntarse si no merecen un bombón veinteañero en su futuro, pues a todos aburre la rutina.

“Todos tenemos derecho a ser felices”, suelen decir las mentes correctas, pero ¿Qué sucede con ese derecho si la felicidad de uno supone la infelicidad de otro?

Sus dos hijos eran mayores de edad y espabilados, pues conocieron la necesidad de sobrevivir alejados de la seguridad económica. Además, es muy duro vivir con una madre siempre llorosa. Acabaron emancipándose y ella dejando de dirigirles la palabra. Poco tiempo después vino la tragedia, sabía que no tenía derecho alguno a su vivienda y, sin hijos menores de edad a su cargo, sucedió lo inevitable; la despojaron de su casa. Sus padres habían fallecido poco antes. Su único hermano a muy temprana edad se volvió budista y se internó en un extraño templo de una ciudad vecina. ¿Y las amigas? Sí, con una mano le ofrecían una cama o un plato de comida si le hacía falta, pero todas tenían sus vidas estables y preferían cotillear sobre ella antes que ser copartícipes del rumor. A todos nos gusta ser la mano generosa que ayuda al prójimo esporádicamente, pero raro es quien se mete hasta las rodillas en el fango de la desgracia. La desgracia mancha, se expande, contagia.

Pese a las duras implicaciones que tuvo su decisión, no se arrepentía de ella. Decidió irse a otra ciudad, desaparecer, y dedicarse a la mendicidad, pues sólo los mendigos son libres. Entre la ayuda que le proporcionaban esporádicamente en el albergue, el plato de comida que nunca falta en la iglesia y la caridad de algunos, había logrado sobrevivir catorce largos años, años en los que la miseria y el rencor fueron minando su alma.

Salió a la calle. Eran las cinco de la mañana y conocía la existencia de bandas que se divierten apaleando a los mendigos, pero no importaba, la pila de su reloj se había rendido hace años y la muerte no era algo a lo que temiera demasiado porque, en realidad, se sentía muerta.

El cielo estaba hermoso esa noche. La contaminación parecía ceder, echarse un lado, para desplegar ante un haz de puntos luminosos, las estrellas.

“Señor”- dijo, pues le apeteció orar, la naturaleza resultaba más inspiradora que las iglesias- “¿Por qué no vienes a impartir justicia? ¿No ves las señales? El mundo se descompone, los canallas campan a sus anchas. Es el momento en que se ha de separase el trigo de la paja, Señor. Es el momento en que han de sonar las trompetas y los jinetes del Apocalipsis arrollarnos con su furia. Es el momento en que los dragones deben calcinarnos todos, los elegidos morir y los pecadores desear no haber nacido. Es el momento en que la Humanidad, aterrada, ha de dejar de aparearse para que no vuelvan a oírse los llantos de los niños. ¡Quiero justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!”.

Su oración, al principio apenas un susurro, acabó convirtiéndose en un alarido.

Se desmayó.

En otro lugar del Universo, los suizos jugaban a ser Dios, haciendo entrechocar protones por un tubo.

Aún más lejos, una mujer con unas buenas rentas vivía feliz con su marido jubilado y sus dos hijos hasta que, un buen día, en un viaje exótico por el mundo, apareció un amante cubano (o ruso, o checoslovaco, o nacional) y él, por una asociación de acontecimientos, fue quien acabó durmiendo entre cartones, llorando, cansado, exigiendo justicia.

Tal vez los dos podrían ser el mismo hombre.

Tal vez las dos podrían ser la misma mujer.
 
Reportar al moderador   Reporte guardado Reporte guardado  
  El administrador ha deshabilitado la escritura pública.
Ir al inicio Publicar respuesta
Patrocinado por Credi AsesoriaObtén las últimas publicaciones directamente en tu lector RSS
Inicio arrow Foros de Telegenio