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DESCRIPCIÓN MELODRAMÁTICA:
Alarma. Café. ¿Pastilla blanca? No, pastilla roja. Autobús. Trabajo. Por fin lunes. Se sabe que alguien acaba de romper en algo muy simple; de repente, odia los fines de semana. Si además tiende a quedarse alelado mirando al infinito el diagnóstico es irrevocable.
La post- ruptura - cuando te han dejado - es un estado molesto. Se llora espontáneamente, con pena, con furia. Te repites frasecitas populares para darte ánimos, del tipo “quien se va sin ser echado, vuelve sin ser llamado” aunque también se interceptan otras del tipo “de ilusión también se vive”, seguidas de un hondo suspiro que nadie, salvo quien lo sufre, sabe a qué viene.
Otra reacción común -sólo para mujeres- es ir a la peluquería, comprarse ropa, exhibirse y alardear “¡Que vea lo que se pierde!”.
De pronto hay que resolver ciertos trámites desagradables, como esconder fotos, esconder cartas, esconder la agenda en la que está su número de teléfono y borrarlo del móvil, borrar los mensajitos y correos tiernos, cambiar las contraseñas y profanar todos los santuarios: la música, los lugares, las palabras secretas, los recuerdos… a veces cuanto nos rodea es un santuario. En esas ocasiones sólo nos queda emigrar, por ejemplo, a Letonia - válido siempre y cuando no seas letón o letona, en tal caso, vente a España-. Y puede que ni funcione, pues de la propia alma no se puede huir.
Si ese viaje a Letonia no es apto para nuestros bolsillos o circunstancias o si descubrimos que ni en Letonia se puede superar el duelo, lo siguiente es intentar ligar con esas personitas que coexisten con nosotros y podrían merecer nuestra atención o que, simplemente, nos distraen; pues no es claridad mental lo que se busca sino evasión, actitud con muy mala fama pero que, en ocasiones, supone la única vía para soportar la realidad. Así puede pasarse una tarde amena, coqueteando con uno, otro, otro, otro más, pues es una manera legítima de que te digan lo que deseas oír, aunque sepas que es mentira y te lo digan porque quieren meterte entre sus sábanas; y de permitirte fingir que te lo crees y, además, que igual también te apetece colarte en las sábanas de alguien y de ese modo todo el mundo queda satisfecho, mira qué bien… y si no te apetece colarte en las sábanas de alguien, sí que te apetecerá repetirte antes de dormir “mira, hoy has tenido la oportunidad de meterte en las sábanas de alguien y no lo has hecho, ¡Qué digna eres! ¡Cómo se nota que no actúas por despecho! Estás a un tris de que te pongan una estatua en mitad de la Rambla”.
Luego recaes, lees poesía o, quizá, una estupidez como la que estoy escribiendo, el rato pasará entre el regocijo que da la idea de haber sido un poco infiel a un ex y los pensamientos, sentidos e irracionales, de que nadie nadie nadie, pero nadie en el mundo es mejor que quien te ha dado pasaporte; nadie será tan bueno como él cuando quería ser bueno; nadie será tan seductor como él quería ser malo; si tu ex era sociable, cualquier otro hombre que conozcas será insulso y si tu ex era antisocial, cualquier otro hombre que conozcas será un vacuo charlatán. Y de este modo, ante cualquier comparación, siempre gana el que no es palpable. Qué vida triste. De nuevo, a llorar.
Lo que me lleva a un lema que tengo desde hace años y que sólo olvido oportunamente cuando me enamoro:
“La perfección del amor es quedarse con las ganas”.
Y mientras tanto, me rodean las compis entaconadas- clap arriba, clap abajo- simulando que trabajan. El cosmos sigue en orden, impávido ante mi pena.
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