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59 cintas- Relato Interactivo (1 viendo) (1) Invitado(s)
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TEMA: 59 cintas- Relato Interactivo
#150
59 cintas- Relato Interactivo 3 Años, 6 Mess ago Karma: 0  
59 CINTAS

Este año la moda impone corpiños, verdes apagados, morados y grises. Cuando nuestros colores se apagan y todos lucimos un estilo de oficina, es que la sociedad está triste. Es la misma razón por la que los centros comerciales adelantan la Navidad y ni los lagartos se atreven a asomar la cabeza. Reina una palabra: Crisis.

Muchos estudiantes no la notan demasiado porque, por edad y por circunstancias, siempre han estado en crisis. A falta de contratos, se trapichea como se puede: dan clase a los niños, pasean a los perros, cuidan a los ancianos, sirven copas en los bares y, si hace falta, se desriñonan fregando suelos con ademanes cum laude, pues la cultura no lo es todo y el trabajo, dicen, dignifica, sobre todo cuando es ajeno.

Y yo como los demás, sobrevivo a _base_ de currillos de poca monta. No dan para gran cosa y menos para emanciparse, pero al menos sirve para no estar cada dos por tres mendigando a los padres.

Recientemente publiqué un anuncio en el que me ofrecía como correctora. Es una oferta demodé. ¿Motivo? Vivimos en la generación "Microsoft Word" y ahora ese ente es quien hace las correcciones, de tal manera que cualquier pelagatos con ordenador escribe convencido de redactar como Cervantes. Sin embargo, como una es romántica y no tiene muchas más habilidades (decentes) que ofrecer, lancé la red por ver qué pescaba y pesqué un boquerón de los de tres kilos y medio.

Explico.

Hace días recibí un correo electrónico de un tipo que buscaba a alguien para transcribir unas cintas, en concreto 59 cintas, que decía necesitar para un juicio. En un primer momento - consecuencia de la necesidad y de no pensar mucho, sobre todo lo segundo- acepté el trabajillo y me fue enviada una grabación a modo de prueba. Pero pronto lo pensé y me di cuenta que grabar a alguien sin su consentimiento es un delito, que grabar 59 cintas supone un delito reiterado y que escucharlas me podía comprometer directamente con él, hasta el punto de poder ser llamada a declarar en el supuesto juicio. O a saber.

Intrigada, pregunté a una amiga a la que supongo docta en estos temas del Derecho y los izquierdos. Ella me dijo que fuera prudente, que si al escuchar las cintas me encontraba con temas excesivamente escabrosos lo dejara y que, ante la duda, mejor no le pasara facturas al colega.

Otro tema que me estuve planteando es quién podría ser mi desconocido interlocutor. ¿Alguien acusado en falso que buscaba defenderse? ¿Alguien que pretendía probar una situación injusta? ¿Un canalla que buscaba pringar a otros, canallas o no, con sus asuntos? ¿Acaso un detective privado? Me planteé preguntárselo, pero mi sutil instinto, ese que funciona sólo a ratos, me sugirió que preguntárselo podría equivaler a perder el encargo de forma fulminante y la verdad, la codicia es la codicia, y necesitaba el dinero. Por tanto, a pesar de las lógicas reservas, comencé con la tarea. Abrí un número de cuenta nuevo, destinada solamente a recibir los ingresos derivados de esta tarea, y comencé con las transcripciones con una tarifa de 30 € por hora de cinta. Una tarea realmente mal pagada si se tienen en cuenta lo complicado que es hacer una transcripción literal cuando la calidad del sonido es deficiente, pero no son tiempos de andarse con exquisiteces y lo que falta de audio siempre puede completarse con un poco de Inspiración Divina (con mayúsculas). No es muy ético, pero grabar conversaciones ajenas lo es menos.

Tras un denso proceso de autoconvicción, comencé a escucharlas. En los primeros minutos ni quedaba claro qué podía estarse persiguiendo con estas cintas. Los primeros minutos parecían algo normal, la conversación de compañeros de trabajo algo antimonárquicos y, a juzgar por el acento, ligeramente catalanes, un tanto depecionados del rumbo que está tomando la política. Sin embargo, dichas opiniones fueron subiendo de intensidad. Pasaron de decepcionados a encabronados y de encabronados a terroristas en potencia. La última frase que registré en la primera cinta fue "¡Vamos a matar a Zapatero!".

Claro, para escuchar la segunda cinta, tenía que transcribir la primera, lo que en sí, por más medidas que tomara, me comprometía. Es muy sencillo rastrear la ruta que ha seguido un correo electrónico y más sencillo aún era dejar el trabajo y procurar no implicarme más en el asunto. Total, pensé, el presidente sigue vivo, por tanto (elemental, querido Watson) no lo han matado. Me dije también que tal vez las cintas no tenían nada que ver con el asesinato del presidente y que todos, especialmente con una cerveza por delante, hemos mantenido conversaciones en las que decíamos auténticas barbaridades que, para nuestra suerte, no suelen pasar a la posteridad y menos aún a los tribunales.

Más por saciar mi curiosidad que por cumplir con la tarea encomendada, ignoré el ronroneo de mi conciencia e hice entrega de mi transcripción y así, tras recibir mi pago, recibí la segunda entrega de las misteriosas grabaciones.

En la segunda volvían a tratar el tema, con cierto morbo, recreándolo con todo detalle, salvo lo fundamental: cuándo y dónde sería el atentado. Lo más absurdo eran los motivos; el fundamental, encontraban disonantes sus cejas con el resto de la cara. Otros además consideraban que carecía de testiculina para afrontar los problemas del país y que, con un evento de tamaño calibre, tal vez los españoles se dejarían "de discutir por mariconadas" y, por una vez, "moverían sus perezosos culos por algo más que por el bien propio" pues "sólo saltarán si se les remueven las estructuras que les dan confort".

A mí, qué queréis que os diga, eso ya me dio mal rollo y no volví a hacer más transcripciones, es más, ni volví a comunicarme con el tipo, pero me acostumbré a ver las noticias a diario, para comprobar que la democracia española permanecía en su feliz laxitud y que Zapatero seguía vivo. Mi familia, ignorante de ello, pensó que lo mismo me había enamorado platónicamente del presentador del telediario de las tres. Qué asco, Señor, pero cosas más raras se han visto.

Al final, alguien tiroteó a Zapatero el día del Pilar, en pleno desfile de las fuerzas armadas. Y lo más grave es que no se descubrió quien fue.


Desde entonces no puedo dormir tranquila.

Desde entonces me gano la vida echando el Tarot.

Es la crisis, señores. Es la crisis.



PD: Esto es un relato interactivo. Como tengo ganas de jugar, está abierto a que sugiráis finales diferentes para la protagonista o el pobrecito presidente. Eso sí, todos los cambios deberán surgir a partir de la palabra "confort". A ver qué se os ocurre. También se aceptan críticas y sugerencias.


¡Saludazos!
 
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